Nada mejor para comenzar el blog (“máthema”, etimológicamente “conocimiento”) que con este primer artículo. Desde el conocimiento intuitivo (doxa) más primario del hombre (percepción de la realidad circundante, incorporación de experiencias, etc.) hasta la necesidad imperiosa de  los antiguos pensadores por alcanzar el “episteme” (etimológicamente también “conocimiento” aunque más reflexivo y riguroso, sinónimo de un saber cierto y absoluto), la humanidad se cierne entre el filo de la insaciable curiosidad y el placer cuando comprendemos algo, y la cómoda y conservadora posición del que prefiere mantenerse en la ignorancia.  Parte de la humanidad, o al menos el “pensamiento humanista”,  se ha decantado por el placer del entendimiento, y nos hemos convertido en “monos adictos al conocimiento”. Desde que decidimos seguir ese camino nos hemos visto involucrados en una auténtica “teoría de la conspiración”: lo conocido y lo desconocido, lo comprobable y lo imposible de comprobar.

Un científico de la envergadura de Ptolomeo (siglo II a.C.) utilizando datos recogidos por sus predecesores (tales como Hiparco) fue capaz de diseñar un sistema (Sistema Ptolemaico o Geocéntrico) que representaba con un grado de precisión satisfactoria los movimientos aparentes del Sol, la Luna y los cinco planetas entonces conocidos, mediante recursos geométricos y calculísticos de considerable complejidad. Paralelamente este notable e influyente astrónomo escribió un tratado en el que sentó las bases de la Astrología, intentando dar sentido a las creencias existentes sobre que si los astros cercanos podían influir notablemente sobre la Tierra (ciclos lunares, ciclos solares) por qué no iban a influir también los astros menores del firmamento. En Tetrabiblos Ptolomeo explica la geografía astrológica, donde se definen el horóscopo y los doce signos del zodiaco que han llegado hasta nuestros días. Tetrabiblos fue el libro de referencia de los astrólogos durante toda la Edad Media hasta que Tycho Brahe, Galileo y Copérnico (Heliocentrismo) desmontaron por completo la geografía astrológica descrita por Ptolomeo y con ello la fiabilidad de todo lo que se basaba en la misma.

Pero no es un ejemplo aislado de cómo las prácticas científicas y pseudocientíficas coexistieron durante milenios. La Alquimia puede considerarse desde el punto de vista de la investigación de la naturaleza una protociencia, de hecho el origen de lo que hoy conocemos como Química. Distinguidos científicos como Isaac Newton o Robert Boyle fueron alquimistas.

Karl Popper, uno de los filósofos por excelencia del siglo XX, escribió en La lógica de la investigación científica (1934) lo que para él suponía una diferencia clara entre lo que es una ciencia y lo que es una pseudociencia. Para Popper, la clave está en la “falsabilidad” y en el hecho de que las teorías científicas nunca pueden ser verificadas completamente.

Esta corriente epistemológica conocida como falsacionismo dice que una teoría es válida mientras no se muestre lo contrario con ejemplos o argumentos. Si no es posible refutarla, dicha teoría queda corroborada, pudiendo ser aceptada provisionalmente, pero nunca verificada. Esta concepción se apoya en el método hipotético deductivo.

Por el contrario el verificacionismo expone que ante una hipótesis se van añadiendo hechos observables que corroboren la hipótesis, de tal modo que muchos hechos observables terminan consolidando la hipótesis como teoría verificada.

Popper rechaza el método de verificación como método de validación de teorías.

“No importa cuántos ejemplos de cisnes blancos hayamos podido observar, esto no justifica la conclusión de que todos los cisnes son blancos”.  Karl Popper

Pero actualmente, tras más de un siglo de diálogo entre filósofos de la ciencia y científicos en diversos campos, y a pesar de un amplio consenso acerca de las bases generales del método científico, los límites que demarcan lo que es ciencia, y lo que no lo es, continúan siendo debatidos. Las fronteras entre lo que es conocimiento científico y no científico, entre ciencia y metafísica, entre ciencia y pseudociencia, y entre ciencia y religión aún están poco definidas. A pesar de todo algunos autores defienden criterios de diferenciación estricta entre ciencia y pseudociencia, tal es el caso de Mario Bunge, Carl Sagan o Martin Gardner.

Martin Gardner, celebre divulgador científico estadounidense, en su libro La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso insiste en la proliferación de la pseudociencia como uno de los fenómenos más llamativos y a la vez más preocupantes de la actualidad. Y es verdad, resulta abrumadora la presencia de tarotistas, astrólogos, parapsicólogos, ufólogos, medicinas alternativas y movimientos sectarios en nuestras sociedades. Pero en mi opinión lo que resulta realmente paradójico es que este auge del pensamiento esotérico y la superstición se de en una sociedad racionalista, con un gran desarrollo científico-técnico y de los medios de comunicación: la denominada Sociedad del Conocimiento.

El engañoso “desarrollo de la sociedad” en el siglo XX se limita a describir los avances de la Ciencia y la Tecnología, lo que desde luego ha influido en nuestra forma de vida. Pero ¿podemos decir lo mismo del desarrollo del pensamiento crítico de la ciudadanía? ¿existe realmente una voluntad política para fomentar la reflexión crítica y el pensamiento científico de ésta? ¿los sistemas educativos enseñan a pensar de manera científica y nos acercan al auténtico conocimiento?.

A pesar de las iniciativas de científicos, universidades, divulgadores,… es un hecho que la Ciencia se ha distanciado de la ciudadanía, que por ignorancia, comodidad, miedo,… adopta diferentes posturas que producen las condiciones idóneas para la penetración de estas pseudociencias: la “fascinación tecnológica” no se diferencia mucho de creer en fenómenos sobrenaturales. Arthur C. Clarke decía que “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia“. En el otro extremo del gradiente tendríamos a anticientíficos y fanáticos. Incluso encontramos “científicos” que utilizan métodos anticientíficos para justificar, más que demostrar, premisas de las que ya partían tales como el creacionismo.

El papel de los medios de comunicación en la difusión de la pseudociencia y la superstición es más que evidente. Rápidamente acuden a nuestra cabeza ejemplos como los de los horóscopos o las predicciones del pulpo Paul. Pero es absolutamente irresponsable y deshonesto que cadenas de TV alimenten a cierto tipo de público con el objeto de tener audiencia. Es el caso del programa Sálvame de TeleCinco, un ejemplo no solo de falta de rigor de la información si no que por ejemplo incluye una sección de “salud” con fines publicitarios y contenidos poco veraces.

“Gracias a la libertad de expresión y a la revolución técnica de los medios de comunicación, los gritos de los chiflados y de los charlatanes se oyen en ocasiones con mayor fuerza y claridad que las voces de los científicos”. Gardner

Por otro lado, en los sistemas educativos la Ciencia se nos enseña como una doctrina, cuando no lo es. El libro de texto presenta las teorías científicas como paradigmas inamovibles y no se enseña el método científico ni a tener un pensamiento crítico porque es la presentación del resultado la que prevalece sobre la explicación de cómo se llegó a él. Consecuentemente estamos aprendiendo ciencia como dogma.

“No enseñamos ciencia desde la experiencia. La enseñamos desde un libro, justo como la religión. No me extraña que estemos perdiendo”  Dale Douguerty

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Un comentario en “Conocimiento, Verdad y Cultura

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