ALTRUISMO

“Diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio” (RAE)

“Inclinación a preocuparse del bien ajeno y dedicarle sacrificios o esfuerzos” (Moliner)

¿Por qué cooperamos y nos comportamos de forma altruista con otras personas?

Si nuestro comportamiento está marcado por la selección natural, y esta la entendemos como el mecanismo por el cual aquellos individuos más aptos son capaces de sobrevivir y dejar más descendientes, transmitiendo sus rasgos o características a las generaciones futuras, ¿por qué perder energía ayudando a otros individuos competidores? ¿por qué la evolución permite conductas desinteresadas?. Porque esta es la cuestión: si la evolución es un proceso en el que sobrevive el más fuerte, y el altruismo es un comportamiento que reduce esta fortaleza, ¿por qué entonces encontramos expresiones altruistas en cualquier parte de la naturaleza?

Para el propio Darwin este tipo de comportamiento era un verdadero misterio. Fascinado por las abejas observó que su conducta era difícil de encajar en su teoría. Por ejemplo era inexplicable la existencia de castas no reproductoras, como es el caso de las abejas obreras, que además pueden llegar a defender la colmena, si es necesario, con su vida. ¿Cómo pueden entonces aparecer evolutivamente la esterilidad y el suicidio si según la teoría de la selección darwinista en las sucesivas generaciones solo aumentaría la frecuencia de rasgos favorables a la reproducción del individuo?

La teoría neodarwinista, que fusiona el darwinismo clásico con la genética moderna propone la selección del individuo por encima de la del grupo. De este modo considera que el altruismo en el comportamiento humano no puede sobrevivir a los procesos de selección natural. El altruismo significaría comportamientos que reducen las ventajas propias aumentando las de los otros. A tenor de estos supuestos los individuos “egoístas” se adaptarían mejor que los “altruistas” y entonces el altruismo desaparecería, independientemente de lo beneficioso que pueda ser para la población en su conjunto.

No obstante no es difícil ver que la cooperación puede tener ventajas selectivas, y el altruismo no deja de ser un caso extremo de cooperación, en el que un individuo limita su capacidad de dejar más descendientes por ayudar a otros individuos y alcanzando su punto culminante con el suicidio.

La cooperación entre los organismos se observa con frecuencia en la naturaleza (llamadas de alerta en las aves, simbiosis, donación de sangre entre murciélagos vampiros, insectos sociales,…) y se ha desarrollado gran escala en el caso particular de la especie humana (p. ej. se puede observar su importancia en lo que significó para la supervivencia y la evolución de la especie humana la caza cooperativa en la Prehistoria). Sin embargo se ha observado que mientras en el primer caso la cooperación suele producirse entre individuos con una fuerte relación de parentesco, en el caso de la especie humana, la cooperación se ha desarrollado entre individuos si ningún grado especial de parentesco. Y el origen de este patrón de conducta plantea un enigma interesante: no es fácil demostrar qué beneficios tiene para un organismo ayudar a otros a expensas de sí mismo. Dos teorías intentaron explicarlo…

William Hamilton formuló la “selección por parentesco”, según la cual ayudamos a aquéllos con quienes compartimos genes. Fue capaz de mostrar que ayudando a nuestros parientes podemos conseguir que nuestros genes se transmitan en mayor medida a la siguiente generación y, en definitiva, que se extiendan entre la población. Esta teoría, acorde también con la teoría del “gen egoísta” de Dawkins, explica perfectamente el caso de los insectos sociales como las abejas, pero no explica el por qué ayudamos a individuos o personas con los que no estamos emparentados o que ni siquiera conocemos, como ocurre con los vampiros, unas especies de murciélagos que sólo viven en el continente americano. Éstos no aguantan más de sesenta horas sin alimentarse de la sangre de otros mamíferos. Cuando uno de ellos no ha tenido éxito una noche, recibe la sangre regurgitada de los compañeros sin importar si es pariente o no.

Dos décadas después, Robert Trivers presentó su teoría del “altruismo recíproco” (“hoy por ti, mañana por mí”), que demuestra que estos comportamientos pudieron evolucionar también con individuos no emparentados (¡incluso entre especies diferentes!) si existen posibilidades de que el organismo altruista en el futuro reciba los beneficios de otros altruistas. El desarrollo de esta idea se ha relacionado con la Teoría de Juegos que estudia las interacciones y decisiones de individuos no emparentados buscando la mejor estrategia. En concreto se han realizado múltiples experimentos informáticos sobre juegos de cooperación y deserción con el fin de establecer una hipótesis sobre cuál es la estrategia que permitiría la supervivencia de individuos que viven en comunidades (p. ej. en el “Dilema del Prisionero” se encontró que las estrategias de cooperación obtenían mejores resultados que las de traición o engaño).

Las ideas de Trivers contradicen las de Thomas Huxley que creía que la naturaleza humana era esencialmente mala, y que la moralidad era una invención humana diseñada expresamente para controlar y combatir las tendencias egoístas y competitivas generadas por el proceso evolutivo. Dicha opinión era compartida por otros biólogos evolutivos como Williams o Dawkins.

Edward O. Wilson está considerado como el padre de la Sociobiología y defensor de la selección de grupo frente a la selección clásica darwinista: algunos individuos correrán más riesgos que otros, algunos se aprovecharán y otros serán sometidos o sufrirán, siendo todo ello “bueno” si el grupo tiene mayores ventajas respecto a otro. Recientemente ha publicado, conjuntamente con David Sloan Wilson, un artículo en un monográfico de Investigación y Ciencia de título “Evolución por el bien del grupo”. En él propone una Selección Multinivel, en la cual los niveles de selección pueden operar en jerarquía: impulso conjunto de la selección individual (selección que actúa sobre rasgos de miembros individuales) y de la selección de grupo (fuerzas de selección que actúan sobre rasgos del grupo como un todo). Para el autor el código genético que prescribe el comportamiento social de los humanos modernos es una mezcla de rasgos que favorecen el éxito de los individuos dentro del grupo y la otra parte prescribe rasgos que favorecen el éxito del grupo en la competencia con otros grupos. El resultado es que dentro del grupo, entre los individuos, vence el gen egoísta, la selección individual, pero entre grupos, los altruistas vencen a los grupos egoístas. Wilson y Nowak comentan en un artículo que “la eusocialidad, en la que algunos individuos reducen su potencial reproductivo total para favorecer la descendencia de los demás, es la base de las formas más avanzadas de organización social y del rol ecológicamente dominante de los insectos sociales y de los seres humanos”. Wilson habla del binomio gen-cultura. Estos procesos coevolutivos entrelazados son constantes, señala Wilson, y forman una clase de cambios genéticos que son universales en la humanidad moderna, operando a nivel de la cognición y de la emoción. Las relaciones sociales nos han llevado a entender que cultura y genética hacen emerger lo que denominamos (sin que podamos definir bien) la naturaleza humana.

El altruismo entendido en términos evolutivos (altruismo por parentesco y/o altruismo de mutuo beneficio) explica muchas de las conductas que se observan en la naturaleza en las que se da prioridad a lo ajeno sobre lo propio: vivir en manada, cuidado de la progenie, donar sangre, etc. Aunque estos tipos de comportamiento se describen normalmente como actos altruistas, estrictamente no lo son; un acto altruista es aquel que no reporta ningún beneficio pero sin embargo tienen cierta carga de “self interest” porque finalmente se obtienen beneficios aunque sea a nivel grupal. La cuestión es… ¿Existe un altruismo auténtico? ¿Cómo explicar en la especie humana los comportamientos solidarios, aquellos en que la gente está dispuesto a dar algo suyo (bienes, la propia vida) por un noble fin? ¿Podríamos hablar de un tercer altruismo de grupo, específico de los seres humanos, como especie que ha desarrollado una moral?

Jorge Riechmann señala que los humanos “compartimos nociones profundamente arraigadas sobre la equidad, nociones que comprenden tanto la reciprocidad como la generosidad”. Pero subraya también la importancia del entorno: “la inclinación hacia el altruismo o el egoísmo no es en absoluto algo intrínseco de las personas. Depende de forma crucial de una serie de condicionamientos sociales: las reglas, normativas, normas culturales y expectativas, el propio gobierno y todas las instituciones que limitan y en las que se enmarca el mundo social”.

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Un comentario en “Cooperación, Altruismo y Evolución

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