La verdad está ahí fuera, solo hay que buscarla

Estamos convencidos de que la percepción que tenemos del mundo exterior es la correcta. Creemos a pies juntillas lo que estamos viendo. Del entorno recibimos estímulos que son “aspectos” de la realidad capaces de activar nuestros receptores sensoriales. Pero son solamente una parte de la realidad, ya que algunos aspectos de la misma no son captados (p. ej. los espectros ultravioletas o infrarrojos no son captados por nuestros ojos). De la misma forma la percepción de ese entorno, supongamos una paisaje campestre, no puede ser idéntica entre dos personas, una de las cuales está, por ejemplo, auditivamente disminuida. El sonido del viento, del arroyo, de los pájaros, probablemente no estará en el registro auditivo percibido por la segunda. Pero el cerebro es un sistema complejo que no solamente procesa información sensorial. Existen factores subjetivos (experiencias pasadas, motivaciones, intereses, …) que condicionan y dan sentido a la información que llega al mismo. Si esta persona perdió su audición de forma progresiva puede que aún mantenga recuerdos de registros auditivos que ahora ya no oye pero, que de alguna manera, incorpore a las sensaciones como recuerdo. Esto no podría ocurrir de forma alguna en el caso de que su problema auditivo sea de nacimiento.

En definitiva, la percepción1 es un proceso psíquico-físico a través del cual interpretamos la información captada por los sentidos. Evolutivamente, y a lo largo de nuestra vida, hemos aprendido como es el espacio natural y por ello recreamos la realidad externa, que es personal, basada en programas genéticamente determinados pero que adquiere una tonalidad emocional única.

Lo que nos lleva directamente a la pregunta, ¿qué es real?2
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Conocimiento, Verdad y Cultura

Nada mejor para comenzar el blog (“máthema”, etimológicamente “conocimiento”) que con este primer artículo. Desde el conocimiento intuitivo (doxa) más primario del hombre (percepción de la realidad circundante, incorporación de experiencias, etc.) hasta la necesidad imperiosa de  los antiguos pensadores por alcanzar el “episteme” (etimológicamente también “conocimiento” aunque más reflexivo y riguroso, sinónimo de un saber cierto y absoluto), la humanidad se cierne entre el filo de la insaciable curiosidad y el placer cuando comprendemos algo, y la cómoda y conservadora posición del que prefiere mantenerse en la ignorancia.  Parte de la humanidad, o al menos el “pensamiento humanista”,  se ha decantado por el placer del entendimiento, y nos hemos convertido en “monos adictos al conocimiento”. Desde que decidimos seguir ese camino nos hemos visto involucrados en una auténtica “teoría de la conspiración”: lo conocido y lo desconocido, lo comprobable y lo imposible de comprobar.

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